15 ago. 2014

LOS SERES NO CAÍDOS EN EL CONFLICTO CÓSMICO[i]
CoPastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día "Miraflores"
Asociación Peruana Central, Lima, Perú


Siempre se tendrá en mente al patriarca Abraham, “el padre de la fe”; sin embargo, más por obedecer a Dios que le mandó sacrificar a su único hijo, que por cualquier otra cosa. Aquel día en el monte Moria, que registra el capítulo 22 de Génesis, es la más grandiosa prueba de fe que se haya visto jamás. Imagina que el Dios de amor te mande asesinar a tu único hijo y tú, fiel y obediente, decides obedecerle. ¿No parece algo inaudito y paradójico? Por un lado, se podría decir que Dios obró mal al dar esa orden; por otro lado, que Abraham fue demasiado inocente. Sin embargo, más que probar la fe de Abraham, de pensar cuán razonable fue el pedido de Dios; en realidad, el Señor tenía otro propósito para esta magna prueba. Elena de White lo resume con estas palabras:

El sacrificio exigido a Abraham no fue sólo para su propio bien ni tampoco exclusivamente para el beneficio de otras generaciones; sino también para instruir a los seres sin pecado  del cielo y de otros mundos. El campo de batalla entre Cristo y Satanás, el terreno en el cual se desarrolla el plan de la redención, es el libro de texto del universo. Por haber demostrado Abraham falta de fe en las promesas de Dios, Satanás le había acusado ante los ángeles y ante Dios de no ser digno de sus bendiciones.[ii]

Los seres celestiales fueron testigos de la escena en que se probaron la fe de Abraham y la sumisión de Isaac… todo el cielo presenció, absorto y maravillado, la intachable obediencia de Abraham […] se demostró que las acusaciones de Satanás eran falsas.[iii]

Esta misma situación se experimentó en los días de Job. Este patriarca fue acusado de ser convenido, de adorar y alegrar el corazón de Dios para que él le bendiga; según Satanás, dicha adoración era “convenida y egoísta” (Job 1:9-11). Siglos más tarde, pasó algo similar. El sumo sacerdote Josué, quien representaba a todo el pueblo de Dios, fue también acusado por el enemigo de ser pecador y no merecedor de las promesas divinas (Zac 3:1, 2). Como se percibe, siempre el maligno acusó a los hombres fieles de Dios que en algún momento vivieron sobre este planeta.
Pero ¿Delante de quiénes acusaba Satanás? Job 1:6 responde: “delante de los hijos de Dios”, los seres angelicales y los seres creados en otros mundos que se presentan ante la presencia de Dios en el cielo.[iv] El enemigo acusó a Job delante de los seres no caídos con el propósito de que ellos cuestionen no solo su fidelidad, sino también la palabra de Dios y su gobierno.
Estas acusaciones, no obstante, más que ser dirigidas a los fieles, eran dirigidas al mismo Dios. ¿Cómo es posible que el Señor bendiga a Abraham quien dudó de sus promesas, a pesar de haber recibido muchas? ¿Es aceptable que Dios justifique a un pecador como el sumo sacerdote Josué, cambiándole sus “ropas sucias” por otras limpias? Esta sería la primera acusación diabólica: será posible que Dios dé algo a alguien que no lo merece. En esto se le acusa a Dios de ser injusto.
Surge una segunda acusación: ¿Cómo es posible que Dios, que dice ser amoroso y misericordioso, no bendiga y perdone al pecador? ¿Por qué él no perdonaría y justificaría al sumo sacerdote Josué? ¿Dónde está el amor que tanto pregona? ¿Ama realmente a los seres creados, o solo los usa para que le adoren? En otras palabras ¿Es posible que el Dios amoroso no perdone al que comete errores? En este caso, a Dios se le acusa de no ser misericordioso.
Nadie puede negar la astucia de Satanás como acusador, siempre lo fue. Él, al acusar a los santos que viven en la tierra, estaba realmente acusando a Dios. Cuando él incriminaba a Abraham, Job y el sumo sacerdote Josué, estaba acusando al Creador. ¿No se inició el gran conflicto por las acusaciones de Satanás contra el carácter y la justicia de Dios, delante de las huestes angelicales? En sí, Dios siempre ha sido el acusado principal.
Cuando Satanás acusa el carácter de los santos, acusa el carácter de Dios. ¿Dios, es amoroso y justo? Esta respuesta no la tendrían que dar los seres humanos, porque ellos son los pecadores, los que reciben la acusación de forma indirecta. Tampoco la puede proveer Dios, porque a él se le acusa de manera directa. Los únicos que merecen respuestas son los seres que no cayeron: los seres creados de otros mundos y los ángeles. A ellos no se les cuestiona su carácter, sino solo a Dios. Tampoco se les cuestiona su pecado, sino únicamente a los hombres. Pero ellos sí pueden dudar del carácter de Dios y de la fidelidad de los santos. El objetivo es dudar del carácter y de la justicia del único Señor del universo.
Entonces, la respuesta la recibirán los no caídos. Ellos son los que ven a Dios si realmente es justo y misericordioso, y son ellos los que reflexionan y concluyen si las acusaciones de Satanás son verdaderas o son falsas.
Ante las acusaciones del enemigo, Abraham no fue la excepción. Fue acusado delante de Dios y de los seres no caídos. Los seres creados tendrían que ver el carácter de Dios, la fidelidad de Abraham a su Señor y analizar si las acusaciones de Satanás son falsas o verdaderas. ¿Cómo reaccionaría Dios en situaciones como éstas?
Al final, Satanás quedó chasqueado y los seres celestiales se dieron cuenta de que sus acusaciones eran erradas. Al mismo tiempo, se dieron cuenta que el carácter de Dios y la fidelidad de Abraham no eran como Satanás pretendía presentar. Dios y Abraham quedaron declarados justos ante el universo expectante.
Pero, la Biblia registra estos casos: Abraham, Job y el sumo sacerdote Josué. Solo ellos, ¿y nosotros? ¿Dónde queda la iglesia en todo esto? ¿Satanás, al igual que acusó a Abraham, Job y al sumo sacerdote Josué, no acusa a la iglesia? Apocalipsis 12:10 responde: “porque el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche, ha sido arrojado”. ¡Nuestros hermanos! ¡La iglesia! Por lo tanto, la respuesta a la última pregunta es “si”. Satanás nos acusa día y noche. La situación que experimentaron Abraham, Job y Josué, las experimentamos también nosotros. Mientras que el juicio no termine, el enemigo seguirá incriminando a los seguidores de Cristo. Elena de White explica:

Así como Satanás acusó a Josué y a su pueblo, él también, por todas las edades, acusa a quienes buscan la misericordia y el favor de Dios […] En cada alma que se ha librado del poder del mal, y cuyos nombres están registrados en el libro de la vida del Cordero, la controversia se repite […] Pero él, quien entonces fue la esperanza de Israel, su defensa, su justificación y redención, es la esperanza de la iglesia de hoy.[v]

Por otra parte, el universo expectante –los seres no caídos– al poner sus ojos sobre la tierra, revela que ellos están interesados en el plan redentor de la raza humana; y esto permite ampliar el tema del juicio y del mismo evangelio. Clifford Goldstein indica:

La cruz, el servicio del santuario, el juicio, el remanente, la ley, el desarrollo del carácter: casi todas nuestras doctrinas parecen no ser completamente comprensible a menos que se las considere a la luz del interés que todo el universo inteligente tiene en el gran conflicto.[vi]

El gran conflicto es más que una mera lucha entre dos seres celestiales por el ser humano caído. No se limita sólo al planeta tierra, trasciende al universo cósmico. Por una sencilla razón: el pecado y el gran conflicto no se iniciaron en la tierra, sino en el cielo. Recuérdese que Satanás fue el que originó el pecado a través de su rebeldía, ¿y en dónde? En el cielo ¿Delante de quiénes? De las potestades celestiales. Por lo tanto, los seres sin pecado están inmersos en esta batalla. Si el pecado se hubiera originado en la tierra, los seres celestiales no estarían involucrados en esto; pero, como se originó en el cielo, ellos son partícipes/expectantes de esta lucha. Por lo tanto, ellos tienen mucho que ver en el plan de salvación. Ellos están viendo cómo el gran conflicto se está resolviendo en la tierra. Al respecto, el apóstol Pablo y Elena de White señalan:

Porque hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres (1 Co 4:9).

El plan de redención tenía un propósito todavía más amplio y profundo que el de salvar al hombre. Cristo no vino a la tierra sólo por este motivo; no vino meramente para que los habitantes de este pequeño mundo acatasen la ley de Dios como debe ser acatada; sino que vino para vindicar el carácter de Dios ante el universo.[vii]

Recordemos que como individuos trabajamos totalmente a la vista del universo celestial.[viii]

Puesto que Satanás acusó a Dios poniendo en tela de juicio su carácter ante los demás seres no caídos, Cristo, al venir a la tierra, su principal propósito fue vindicarlo. Restablecer y reflejar el carácter de Dios, glorificarlo (Jn 17:1, 4). ¿Y de qué maneras lo hizo? A través de su vida, muerte y resurrección. Actualmente, en el santuario celestial, el Señor Jesús continúa vindicando el carácter de Dios. Estos ministerios, terrenal y celestial, tendrían también como propósito revelar el carácter de Dios y responder a las acusaciones de Satanás. Ángel Manuel Rodríguez señala:

Las acusaciones formuladas contra Dios vinieron a ocupar un lugar central en el conflicto cósmico. La doctrina de la expiación debe abordar en una forma plenamente satisfactoria la naturaleza cósmica del mal y del pecado. Debe ser capaz, sobre la base de la vida, la obra, y el ministerio de Cristo, de responder plenamente a todas las preguntas planteadas por el querubín rebelde relativas a la naturaleza de Dios, su carácter, la justicia, el amor y la integridad de su gobierno y su señorío cósmico.[ix]

¿La muerte, sin embargo, terminó y respondió todas las acusaciones de Satanás? ¿El sacrificio de Cristo culminó el gran conflicto? No. Uno de los puntos que se logró en la cruz fue desenmascarar a Satanás ante el universo no caído, pero no resolvió las acusaciones de Satanás ni terminó el gran conflicto (ya está la condena final, pero aun continúa esta lucha). Recuérdese que el diablo aún está como león rugiente sin saber a quién devorar (1 Ped 5:8) ¿Qué, acaso, Cristo ya no murió? ¿No se supone que el gran conflicto terminó y que las respuestas a las acusaciones se resolvieron? Una vez más, no. A pesar que Cristo nos substituyó por su muerte, no se ha resuelto por completo el problema. A través de la cruz no se llegó a responder las acusaciones diabólicas declaradas delante de los seres celestiales. Realmente, es a través de otro medio. El apóstol Pablo responde:

A fin de que la infinita sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales (Ef 3:10).

Se puede aprender dos cosas a través de este versículo. En primer lugar, “la sabiduría de Dios sea ahora…”. Esta carta fue escrita más o menos en los primeros años de la década de los 60 del primer siglo, después del calvario; esto quiere decir que dicha sabiduría aun necesitaba, después de la cruz, ser aprendida. Conocer realmente el conflicto cósmico, el plan de salvación y responder a las acusaciones de Satanás ante los seres celestiales son complejos, porque no quedaron comprendidas solo con la cruz. Es en estos tiempos, posterior a la cruz, que se está aprendiendo aquella sabiduría. Pero, una vez más ¿A través de qué medio?
En segundo lugar, este versículo responde a la siguiente pregunta: ¿A través de qué medio y cómo se manifestaría la sabiduría de Dios? Por medio su iglesia. Es por medio de nosotros que se responderá a las acusaciones de Satanás y el universo en su totalidad comprenderá la multiforme sabiduría divina. Dios se valdrá de su iglesia para resolver la gran controversia.[x] Elena de White consuma esta idea:

La iglesia es la depositaria de las riquezas de la gracia de Cristo; mediante la iglesia se manifestará con el tiempo, aún a los principados y potestades en los cielos (Ef 3:10), el despliegue final y pleno del amor de Dios.[xi]

¿Qué hubiera pasado si el gran conflicto se hubiera terminado en la cruz y las acusaciones de Satanás se hubieran resuelto solo en ese lugar? Sencillo, Dios hubiese quedado mal. Considérese lo siguiente ¿Qué pasaría con aquellas personas que solo se centran en la cruz para su salvación? Está bien, el Señor, a través de la cruz, hace una invitación para la redención; pero ¿La salvación del ser humano es únicamente por la cruz? ¿Y si Dios hubiese llevado, después de morir, a todos que solo piensan en la salvación únicamente por la muerte de Cristo? Una vez más, Dios quedaba mal. El pecado se volvería a iniciar en el cielo, y las acusaciones de ser injusto y únicamente misericordioso, por parte de Satanás, serían ciertas.
Para comprender mejor ¿Qué sucede con aquellos que alegan “una vez salvo por la cruz, siempre salvo”? Ellos piensan que una persona que cree sólo en la cruz ya está salva y que el veredicto de su salvación eterna está asegurado, a pesar de haber pecado, pecar y seguir pecando. Es más, muchos sostienen que Cristo, por medio del bautizo, perdona los pecados pasados, presentes y futuros. Una vez más, si se acepta esta teología mal interpretada, la acusación de Satanás sería verdad: Dios solo tiene misericordia, pero ¿y su justicia? Acaso ¿Sería justo que un hombre que continúa en el pecado vaya al cielo, a pesar que dice ser salvo por la cruz? Una vez más, Dios quedaría mal y se le tildaría de injusto. Pero, hacerlo, sería injusto; no de parte de Dios, sino de nosotros.
La cruz no solo reveló el amor de Dios, sino también su justicia.[xii] Pero, esta justicia también tendría que ser revelada por aquellos que la recibieron: la iglesia. No es posible que la persona que declara ser salvo por la cruz, salvo por gracia, permanezca en el pecado o vuelva a cometerlos. Pablo y Goldstein amplían esto señalando:

Iluminados, que probaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, pero después cayeron, es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, puesto que de nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y lo exponen a la ignominia pública (Heb 6:4-6).

Aunque el Calvario hizo provisión para la salvación de todo el mundo, lo que allí sucedió no fue tan completo como para salvar automáticamente al mundo entero. Habrá gente que se perderá.[xiii]

La cruz no fue el final del plan de salvación, porque, después de la cruz, Satanás sigue al asecho. En sí, fue el principio.


[i]Para este tema, el libro Desequilibrio fatal, de Clifford Goldstein, ha sido de gran ayuda.
[ii]Elena de White, Patriarcas y profetas (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2007), 150-1.
[iii]Ibid.
[iv]William Shea, Vida extraterrestre, Diálogo 8, no. 3 (1996): 19; Marvin Moore, “Ovnis ¿Estamos solos en el universo?”, El Centinela, abril, 2009.
[v]Elena de White, Prophets and Kings (Mountain View, CA: Pacific Press, 1943), 585.
[vi]Clifford Goldstein, Desequilibrio fatal, trad. Mario A. Collins (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1995), 55.
[vii]White, Patriarcas y profetas, 55.
[viii]Elena de White, Testimonies for the Church (Mountain View, CA: Pacific Press, 1948), 8:164.
[ix]Ángel Manuel Rodríguez, Cruzando el abismo, trad. (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2008), 39.
[x]Goldstein, 59.
[xi]Elena de White, Hechos de los apóstoles (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2007), 9.
[xii]“En la cruz se vio tanto la justicia como la misericordia de Dios. Por un lado la justicia, puesto que el ser humano tenía que morir. La raza humana pecó y tenía que recibir la consecuencia del pecado, a saber, la muerte eterna (Ro 6:23). Sin embargo, Jesucristo entregó su vida por nosotros, convirtiéndose así en nuestro sustituto. Por este sacrificio la paga del pecado humano fue saldada y la justicia de Dios fue revelada. Por otro lado la misericordia, porque fue Dios mismo el que envió a su Hijo a morir por nosotros. Él nunca desamparó al ser humano. Por su misericordia, el hombre tuvo un sustituto. De esta manera, en la cruz, Dios fue justo y misericordioso a la vez” (Oscar Mendoza Orbegoso, “El ‘evangelio eterno’ en el mensaje del primer ángel en Apocalipsis 14:6”, Estrategias 7, no. 1 [2010]: 116).
[xiii]Goldstein, 60-1.

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